
Me he vuelto muy seria últimamente con mis posts, que si diagramas, que si listas de errores, que si Internet. A veces una se pierde por querer decir tanto… y se olvida de contar cosas curiosas. Hoy os doy una tregua, y a mi también, con este escrito de Juan José Millas, al que espero no importe que lo reproduzca. En realidad se trata de una columna del el País de hace tres años, exactamente del 3 de marzo del 2006, pero eso es lo de menos. Aquí os dejo con Juan José y que cada uno saque sus conclusiones :
Entré en una tienda de ahumados para comprar un cuarto de kilo de anguila y me atendió una mujer con una bata blanca y un gorrito verde. Si la vida fuese un viaje entre Sevilla y Bilbao, ella estaría a la altura de Despeñaperros, aunque lo llevaba sin desasosiego aparente. Yo le hablaba ya desde Burgos, quizá desde un poco más arriba, pero mis amigos dicen que parece que estoy en Burgos todavía. La gente es muy amable, sobre todo cuando no tiene otra cosa que hacer. Como si me hubiera leído el pensamiento, la mujer me preguntó qué edad le echaba. «Pues está usted a la altura de Despeñaperros», le dije, «un momento existencial difícil». Me miró con expresión de asombro y se echó a reír. «En el caso de que la vida fuera un viaje entre Sevilla y Bilbao», añadí para que me entendiera.
«Según eso», dijo ella, «usted está ya a la altura de Burgos». Le dije que no, que un poco más arriba y no se lo podía creer. «El secreto», le confesé, «no es otro que comer verduras, y frutas». La verdad es que como carne a todas horas, pero las respuestas vegetarianas gozan de un prestigio increíble. Como la mujer no paraba de hablar, continué comprando cosas que no había previsto.
Ya entrados en intimidades, me confesó que muchos días imaginaba que aquello que hacía, vender ahumados, era una representación teatral. «Es como si ahí detrás hubiera una butaca de patio llena de público que nos está viendo actuar a usted y a mí en este instante». Volví la cabeza y no me costó nada imaginar trescientas o cuatrocientas cabezas pendientes de nuestro diálogo. «Ese es mi secreto para atender bien a la gente, pensar que me miran», añadió.
Pagué con la Visa, pero la mujer dijo que mi firma no se parecía a la de la tarjeta. Hace años que no se parece, aunque nadie se fija en esos detalles. Ella, sin embargo, prefirió anular la compra y pasar el plástico otra vez por la máquina, pidiéndome que me esforzara en parecer yo. Lo hice, y falsifiqué mi firma de tal modo que resultó idéntica a la mía. Salí a la calle satisfecho, con el orgullo de haber realizado la curiosa hazaña de hacerme pasar por mí. Pero a eso es a lo que se dedica uno a partir de Burgos, pensé, quizá a partir de Madrid, aunque hay modos y modos de hacerlo.

jajaja te has superado esta vez!!!
es una buena estrategia para aradar al cliente, al mismo tiempo el vendedor se autoayuda a no caer en la rutina y en el aburrimiento comun de algo que se hace todos los dias.
ES UNA BUENA ESTRATEGIA AL CLIENTE ME GUSTA
Muy buena historia. Creo que muchas veces tendríamos que aplicar esta forma de pensar.